El viento pasa.
La tierra permanece.
En las manos queda la memoria,
en la lana, el trabajo,
en el paisaje, las huellas
de quienes aprendieron a habitarlo.
Hay nombres que ya no se pronuncian,
pero el viento todavía conoce.
A veces, mirar es detenerse lo
suficiente para que aquello que
acontece encuentre una forma de
permanecer.
Cada residente exploró la cámara como una herramienta para traducir emociones, sensaciones y modos personales de mirar.